“Te creés un conquistador / una Napoleón chiquito / pero, sabés, en verdad / sos un globo desinflado de cumpleaños / pegoteado con el dulce de leche / de las manos de las manos de los chicos”, escribe Iannuzzi en su libro Haikus gordos. Y empiezo con este poema por dos razones: primero, porque me gusta mucho, y después, porque es un buen ejercicio de anti-ayuda que está bueno hacer cada vez que uno se siente más o menos bien. Hoy estoy contento porque me alegra que muchos poemas que leí hace un tiempo con gran placer estén ahora reunidos en un libro. Pero no lo digo por el libro en sí, ya que, como todo el mundo sabe, un libro, en general, importa muy poco, casi no es nada, o no es nada si los textos que lo integran no pidieran una forma definitiva del proceso, que es lo que creo encontró Belén en El origen de las especies, un momento para dejar de reescribir muchos de sus poemas y ganar así un poco de tiempo para seguir reescribiendo otros. Aunque en verdad no puedo asegurar que Belén reescribe, entre otras cosas porque varios poemas los recuerdo idénticos a como fueron a parar al libro. Entonces, atado a mi anti-razonamiento, me digo “sos un globo desinflado de cumpleaños / pegoteado con el dulce de leche / de las manos de los chicos”. Quizá mi anti-razonamiento tenga que ver con ese instante en que se deja de escribir y asoma, débil, la idea del libro. En fin, puede que Iannuzzi reescriba o puede que siga esa máxima, casi fundamentalista, que reza “la poesía no se corrige”, aunque yo intuyo que algo reescribe, que hay poemas que cambiaron tanto que los encuentro idénticos a sus versiones primeras, quizá porque lo que no cambió, lo que Belén no abandona, es el acto de la escritura. No escribe poemas para llegar a un libro, escribe poemas. Trabaja el texto pero con la cabeza y el corazón en el texto, no escribe desde afuera como buscando la ubicación en un sistema… Escribe con honestidad, lo que, supongo, puede traducirse en “escribe bien”. Además, es poeta, y eso ya la pone en un buen lugar. No está detrás de la eficacia como suele pasar con los que escriben narrativa. Me parece que la poesía –y “me parece” por ahí porque es una cosa más bien obvia– se acerca más a esta noción de honestidad de la que intento hablar. Cuando un texto está bien o mal escrito te das cuenta. En los malos hay una disonancia evidente, como una banda musical con los músicos invertidos: en la que el batero toca el saxo y el bajista la batería, o una banda con los instrumentos rotos o desafinados. En un texto o poema bien escrito queda la sensación de que todo está donde y como debería estar. Y mucho mejor resulta si esa armonía nos llega sin trucos ni pretendidas exclamaciones, del modo en que, por ejemplo, me llegan a mí los poemas de Iannuzzi. Poemas no pensados para impresionar, sino más bien como una voz que avanza. Por eso la voz que nos interpela en El origen de las especies avanza, porque lo hace sin pegar portazos y sin gritos teatrales. Es sin dudas, como dije antes, la voz de una poeta, una voz cargada con un tema, que se impone con un modo adecuado al tema y con una musicalidad propia de ese tema y ese modo. El tema es el brote o el origen de una necesidad fotográfica, una necesidad de capturar todo lo que puede caber en un simulacro de felicidad y que se va evaporando por el solo hecho de vivir. El modo es directo, sencillo y digo que para mí es adecuado porque ya el tema es bastante intenso. Y la musicalidad está dada por un ritmo que crece y decrece, como si marcara un contrapunto entre ilusión y desilusión, entre lo que es y deja de ser, lo que se anheló y lo que no se consigue (pero que no se consigue porque lo anhelado pierde carnadura y no alcanza al presente del poema), entre lo que va a pasar y de inmediato sólo quedará como una lejanía. “Me pasarías a buscar en un descapotable turquesa / vestido de Al Pacino / viviríamos en un motel con alberca / y usaríamos anteojos negros para no ver nada”, dice el primero de los poemas americanos. El ritmo está dado también por la significación, digamos que crece a todo color y a la velocidad del descapotable, pero inmediatamente decrece con la fuerza del negro, con los anteojos que no dejan ver, anteojos prosaicos que rompen el entramado de un vivir poético. Así escribe Belén, y yo imagino que debe escribir en libretas muy chiquitas o en papeles sueltos y también imagino que debe perder, de vez en cuando, alguna de esas libretas o esos papeles con versos. Me gustan lo/as poetas que pierden. Imagino que no escribe para acumular, que no lleva el conteo de los poemas escritos y que de tanto en tanto se sorprende con textos encontrados en un pantalón o en el bolsillo de una campera. Así que puede pasar que, al meternos en el libro que hoy nos presenta, demos con poemas que a lo mejor anduvieron de bolsillo en bolsillo y, ya cansados tanta de frisa o de algodón o de la tela que sea, se acomodan en el lugar donde quieren estar, felizmente frente a nosotros. Salú!
Diego Meret
Buenos Aires, diciembre de 2010, en la presentación de El origen de la especies (Pánico el Pánico)