¿Quiénes somos? ¿Dónde estamos?
Esas son las preguntas que uno se hace cuando apaga un poco el murmullo rocoso de lo cotidiano, o incluso mientras hace los quehaceres diarios. Limpia. amasa.
Son preguntas que a veces la literatura contesta parcialmente, preguntas para las que la literatura ensaya una respuesta, o que subraya como un marcador flúo para que no paremos de preguntarnos.
En el libro de Belén, estamos en la ciudad, viendo la tele, en internet, encandilados por la luz cáustica de la pantalla, tratando de ser brillantes y tiernos, de estar menos solos. Como en el espacio virtual, la realidad no es del todo palpable, es casi la cosa en sí, pero no es lo mismo.
No es ni amiga, ni novia, ni la chica que invitarías a salir, es el epítome de eso, la condensación y a la vez el esbozo que permite descifrar el resto. Ellos escuchan música en un idioma que no comprenden. No es amor. Lo habría sido de usarle las pantuflas en invierno.
Como en un juego de espejos que deforman, todo está corrido de lugar, es otra cosa. Es un lugar que podría ser otro, una lengua que podría ser otra igualmente incomprensible. Un gris, que es la palabra favorita para el color del cielo, del ánimo, de lo medio no extremo.
Pero ese leve defasaje o confusión no produce oscuridad ni angustia, sino -como dice Miguel Grinberg en el prólogo- una tímida melancolía, que sirve para sacudir el sentido dado y recibir con entusiasmo la luz de un nuevo día en un lugar extraño, y caminar descalzos en paraísos artificiales, paraísos fiscales.
Porque a la naturaleza aquí se accede con calzado, con botitas de goma. De El origen de las especies, su libro anterior, a Todos los bosques. Belén es el lugar adonde llega el niño, un lugar de destino, pero aquí Belén construye un camino, abriendo la maleza de cemento a versos, para llegar al bosque. A todos los bosques en uno.
El libro es un sendero que va de la civilización a la naturaleza, un into the wild de alguien que quiere estar cerca del verde, en el corazón del bosque, pero que siempre deja una pata afuera, en el pavimento.
Este es un libro de todos los bosques, las excursiones, la vianda para el camino, la evolución de las especies de lo cultural a lo primario.
Parece decir, como Thoreau en Walden, la vida en los bosques, fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar sólo los hechos esenciales de la vida.
Puede ser que el itinerario nazca en un paraje junto al río, en una ceremonia pagana, pero es un paisaje que se reconoce por la gente de la tele que lo representa. Es un acceso mediado, por el vidrio de la pantalla, el que tenemos hacia las cosas.
En su poema "Correspondencias", Baudelaire dice:
Naturaleza es el templo donde pilares vivos
dejan salir a veces sus confusas palabras;
por allí pasa el hombre entre bosques de símbolos
que lo observan atentos con familiar mirada.
En el bosque de Belén no hay símbolos, como las palabras que designan una cosa: un árbol es un árbol, es un árbol, es un árbol.
Y para salvar el abismo de una existencia que tiende a nada, le otorga identidad ya conocida a lo desconocido extraño. Una espcie de Twin Peaks en Maridalen, una novela de Mankell en los personajes.
Pero el tiempo parece fluir como un río y la palabra se posa sobre las cosas al ritmo de la mirada y los propios latidos.
"Durante este hermoso tiempo, el solo hecho de existir me parecía un placer suficiente", dice Guillermo Hudson en un libro de excursiones que también iluminan las luciérnagas.
Por momentos, el texto de Belén respirada esa sensación. Sobre todo en los pasajes de Noruega, donde el pensamiento no cabalga loco como en la ciudad. La neurosis se aplaca igual que la luz solar, que es poca, de 25 watts, y se vive al paso de una caminata apacible.
Es el poder de la tierra, que no abandona la conciencia social y política, mientras pisa. Pero deja del otro lado del puente que se quiebra lo agridulce del amor incompleto.
El lenguaje, aparentemente sencillo y concreto, en realidad está lleno de referencias propias y decisiones. Habla de lo que conoce bien, de lo suyo, con las palabras de su tribu, pero con la mirada rara del turista.
Ser inteligente es estar integrado con la naturaleza, como las casas en China y Noruega. Y en un pasaje optimista del verso de Casas al amor de tía, toda familia forma un bosque.
La selección natural de Belén recorta terrones de pasto en un territorio duro y fresco que es su lenguaje neto. Un espacio verde con olor a pasto, no importa si Pampa Húmeda o madera noruega: la naturaleza no es propiedad privada y la vida al aire libre está tan cerca y tan lejos como la felicidad.
Texto leído por Marina Mariasch en la presentación de Todos los bosques, el viernes pasado