viernes, 5 de junio de 2009

No importan los culpables. Es de noche y hace frío. No quiero ser hiriente ni quiero decirte que juegues a la familia feliz mientras pensás en otras cosas. Mucho no me importa. Me importa mucho. Me marea tanto que no sé a quién le hablo. Pero hablo. Escribo. Escucho a los Beatles para que el silencio no sea un cuchillo helado que tajea el aire de la casa. Ay, la casa. Está ordenada la casa, está calentita, tiene olor a margaritas de colores diez pesos el ramo en la puerta del supermercado. Nos asusta la oscuridad. Nos asustan los dibujos que hacen las puertas del placard abierto sobre la pared. El gatito sigue arengando con su brazo dorado, marca el pulso, las notas: do fa sol la sol mi/ do fa sol la sol/ do fa sol la sol mi/ mi fa mi re do. La cuadra se llena de niños y por suerte nos quedan los juegos, algunos dedos de bebidas blancas para sacar el frío y siempre está la posibilidad de quedarte hablando con el chino que te enseña dominó en traje con pantuflas y medias y jura que no sabe nada de los vendedores de opio.

2 comentarios:

AYE dijo...

A mí me da miedo el placar abierto. Si está oscuro, cuando lo miro desde la cama, las sombras de la ropa (o la ropa en sí, en la oscuridad) me hacen creer que hay personas ahí adentro.
Si no lo cierro, no duermo. Te pasa?
Besos!

Belén dijo...

sí, me pasa desde los cuatro años... hasta hoy.