sábado, 3 de octubre de 2009

de alfonsina brion

Corte y Confesión

*

Por el capricho de no usar dedal,

el tatuaje invisible en sus dedos,

cuando acaricia hace saber

la belleza de la experiencia.

*

La hija de la costurera

ve las confecciones

casi listas

pendiendo del cordel

inaugurando

la última chingada

y sale afuera

a meter la nariz

por dentro de un solero.

Examina:

hilos

nudos

otros colores

detrás de pinzas

y alforzas,

que ni el sol ni el uso

van a desmerecer.

*

Se va fraccionando la siesta

según el ruido

de la pedalina

de la Gardini.

Hay un ritmo creado

para cuando golpea

el levantador de quinielas.

Pasá Adriancito,

que estoy trabajando,

andá echate unos párrafos

con mi marido.

*

Sigue Sarita cosiendo

a la luz

de la ventana.

Chueco cuenta

una historia

mientras

de los bailes

en la aldea San Adolfo

cuando se bailaba

La Chica de la Boutique.

Si hasta parece

que nunca

se terminara el hilo.

*

Una mano en el volante

la otra en el género

las piernas simétricas

y habituadas

a la pedalina

hacia el costado:

el mayor caudal posible

de luz solar

hacia delante:

la nada,

una pared

previsiblemente lacia.

Por eso no augura nada

la ex modista del pueblo

porque solo de ella misma

hacia atrás

es donde se encuentra

absolutamente todo

siempre.
*

Retales hilvanados:

un solo dedal

termina con la magia

de un tatuaje sin tinta

adrede el silencio

escondido

bajo la alforza.

Nada de don,

me dice,

la que eligió fue mi hermana:

ser Docente



Un parche verde

En las bombachas de campo.

Centón de proba

*

Para emparejar el largo

de la pollera campana plato

la costurera sube a la mesa

a la pequeña modelo.

Con una chinche

adhiere el centímetro

al hule de flores

y le pide a Anita

que vaya girando

tan despacito

como minutero

para poder marcar

con tiza blanca

donde se chingó

la pollera

campana plato.



La hija de la costurera

gira suavemente

abre los brazos

por su cuenta

cierra los ojos

para no ver

el viaje sutil

del estampado

en su cintura

y el seño fruncido

para ver bien

de la costurera

el género.



El cuarto es chico.

El calor está arriba.

La nena toca el techo de a ratitos,

Quieta hija,

la reta

la costurera,

Que ya termino.

Pero ella

no es que se aburra,

está deseando

verse con la pollera

campana plato

en lo máximo a lo que la prenda

puede aspirar:

Ceñir la cintura,

circundar las piernas

modeladas

de una destacada

Reina del Tomate.

*

Hacer el molde,

marcar con tiza,

probar muchas,

muchas veces,

dice el abuelo

que costureras

eran las de antes,

las que hacían de todo,

las que eran medio

ramos generales.


*

Coser a esa hora implica muchas cosas: el silencio del pueblo, la cortina abierta para enhebrar con destreza, el perro del turco Estalle que torea dos o tres veces, la transmisión por radio de la matutina a las 2 de la tarde.

La abuela y la máquina, la máquina y la abuela también, la mano acostumbrada a darle vueltas al volante, los pies juntos en el vaivén del pedal, el ruido del pedal, seco, constante por unos minutos, y después: la nada, un silencio. Ahí, esos segundos en que la siesta se hace toda porque ni el perro torea, la quiniela ya pasó y la luz suavemente penetra el vidrio, se frena la Gardini, se cansa la abuela,

ahí,

justamente ahí,

ambas respiran,

enmudecen,

Sarita estira los brazos,

se ajusta los lentes de ver al tabique

y cuando todo parece siesta,

sin demasiada tregua,

las productoras vuelven al ruedo.

*

Terminé

de componerte

el pantalón

dice ella.

Un componer

como un sanar

pero a esta altura

todos sabemos

de su arte.

3 comentarios:

Makuni dijo...

che, me encantó. tan visual que casi me pincho con aguja invisible.

Belén dijo...

alfonsina es una inmensa poeta.

alfonsina dijo...

uf, que felicidad, no había visto esto
gracias querida Belén!