Hace poco estuve en los Estados Unidos, cerca de Ohio, con los amish –los menonitas–, y me di cuenta de que son muy parecidos a las personas que teníamos en la Alemania oriental. Me recordó a esas sociedades biológicas, de hormigas o de abejas, hiperorganizadas, donde todo está estructurado. El ideal de estas sociedades es el promedio; no llamar la atención ni por lo bajo ni por lo alto. Saber un poco menos siempre es mejor que saber un poco más. Fracasar es un poco más tolerado que en las sociedades capitalistas, donde la eficiencia y el rendimiento son lo más importante. Las sociedades socialistas quieren por un lado nivelarte, pero siempre encuentran un lugar para insertarte. Las sociedades capitalistas, supeditadas a la eficiencia, generan muchos más desplazados que el socialismo. Dentro de una sociedad constituida, la persona minusválida que no se integra se convierte progresivamente en un problema. La gran paradoja está en que nuestras sociedades capitalistas cada vez van prescindiendo de más gente, y a medida que prescinden de más gente, la producen más. El sistema expulsa cada vez más. Precisamente el hecho de que el socialismo pudiera contener a estas personas fue una de las causas de su fracaso, porque ocuparse de alguien es caro.
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