Katten sale de su bunker debajo del sillón cuando apago las luces y bajo la música. Camina en círculos por el living. Inspecciona la biblioteca y se frota con Gramsci. Camina. Se frota. Se frota. Camina. Se frota. Vuelva abajo del sofá. Katten sale nuevamente y se sienta debajo de la silla donde estoy sentada. Me acaricia con su cola de plumero. Va a la cocina. Se cuelga mirando las luces de colores de Navidad. Salta. Trepa a la mesada. Se fanatiza con el lavadero. Camina con elegancia entre las plantas. Huele profundamente la albahaca. Katten se deja acariciar y ronronea. Y tanto, que no sé si tiene un problema bronquial. A Katten le gusta el vientito que entra por la hendija de la ventana del lavadero. ¡Katten se tira al vacío! Y cae de palito sobre la colección de orquídeas expuestas a la comunidad del edificio en el patio de mi vecina del primer piso.
Hasta que Katten vuelve pasa una hora. Eran las 5 de la mañana. Soy una madre primeriza.
6 comentarios:
Eso - que se van sin pedir permiso y que nunca sabés si van a volver - es el rasgo más novelescamente encantador de los gatos.
Los catos, los catos...
siempre en algún momento uno se convierte en el típico algo, después pasa y descolla como siempre
es inevitable
aia, tommy. pero me da angustia. mirá si no vuelve.
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