jueves, 5 de agosto de 2010

Fue rarísimo, porque hace tiempo que no llega correspondencia a la redacción y la poca que hay se convirtió en una suerte de botín de guerra de los que quedamos dentro de la escotilla en la que se convirtió el diario que supimos hacer. Lo que pasó fue que el señor de la puerta que a veces va a veces a veces no va pero cuando va anota lo que hace cada uno de nosotros, es decir: entra tal, sale tal, fuma tal con tal, etcétera, me dice Belén, esperá, te mandaron una carta. ¿Una carta? No recibía una carta de puño y letra desde el ochenta y algo, cuando estaba de moda tener un amigo postal de otro país a través de una agencia. Yo tenía un amigo español, no me acuerdo de qué lugar específicamente, pero, la historia de mi vida, recuerdo que me mandó dos o tres cartas y nunca más contestó; yo le habré mandado unas cinco preguntándole al éter o al tipo del correo que las leería para reír mientras tomaba café si estaba bien, si no escribía porque había pasado algo malo, algún tipo de accidente o pariente enfermo. La carta del esotérico calamuchense era un desvarío: dos hojas, una era una fotocopia que decía que la orquesta tal iba a tocar en Calamuchita y del revés con una letra de señor de más de 60 decía que dejáramos de perder tiempo, que el poder estaba orientado a grupos económicos que blablablablablá, que teníamos que hacer otra cosa, que de hecho allá no había podido tocar la orquesta. La otra hoja era una propaganda de “cuidemos a la naturaleza, no encendamos fogatas” en cuyo revés decía que los alquimistas nos mandaban las fórmulas secretas con los números escondidos, que debíamos sacar copias y pegarlas por todos los lugares de la redacción que pudiésemos, lo antes posible. La carta estaba a mi nombre, sin remitente. Mi apellido mal escrito, como siempre.

2 comentarios:

Madame Lulu dijo...

ay como me gusta esta hhistoria!!!!!!! y qué hiciste por favor??? fotocopiaste????? por favor te digo no me postees otras cosas quiero saberlo TODO

carla dijo...

Me perdí con lo de los grupos de poder y la orquesta que no pudo tocar.

Lo del apellido es una constante. Yo tuve que aprender a deletrearlo en otro idioma y casi siempre hay problemas con las últimas letras repetidas. Con mi propio apellido pasa algo parecido.

Besos y seguí con esta crónica loca.