Rodrigo viene a buscarme a la salida del profesorado. Es de noche y hace frío, y llevo en la cara el cansancio de toda la semana: de lunes a viernes me levanto a los 6, me baño, desayuno, me seco el pelo, tomo el 67 hasta el subte D, el subte D hasta Tribunales. De 7.30 a 13.30, soy la hija que mis padres quieren, llevo el pelo atado y leo expedientes. De 13.30 en adelante, soy la que quiero yo. Salgo de Tribunales y almuerzo algo liviano en La Giralda u otro bar del centro. De 15 a 17, leo o hago la tarea de latín. De 17 a 18.30, camino por Corrientes buscando saldos o libros que me estén buscando a mí. De 19 a 23, curso, todos los días. Llego a las 12 a mi casa, como/trago la comida que mi madre me deja sobre la mesada y miro el último envío del noticiero. No tengo celular, no veo más tele que las noticias, el mundo es lo que vivo. Tanto es así que me enteré por un profesor, en el pasillo del segundo piso, antes de entrar a cursar alguna lengua clásica, de la muerte de María Gabriela Epúmer. Todavía no salimos con Rodrigo, pero me gusta y yo le gusto también; me doy cuenta. Unos días antes hubo un allanamiento en la sala donde trabajo, nada emocionante sino decepcionante. La secretaría del juzgado penal nos pidió a un companero y a mi que nos quedaramos como testigos oculares; a Rodrigo lo mandar a hacer lo mismo desde la Superintendencia. Así, estamos "viendo" el allanamiento hasta las 6 de la tarde. Ese día decidí no ir a cursar; estaba cansada, aunque sólo tuve que usar mis ojos. Salí del Palacio de Justicia, crucé Corrientes hasta Talcahuano, entré en una disquería y salí con "Sinfonías para adolescentes".
No me acuerdo de la primera vez que me invitó a salir Rodrigo, pero sí me acuerdo de una vez que pasó a buscarme por el teatro Ópera, a la salida de un recital de Charly; me esperaba tomando una cerveza helada entre los potus y las paredes verde agua de Las Cuartetas. Aunque Rodrigo insiste con llevarme a un recital de Pappo; me niego sistemáticamente, porque Pappo me da miedo, me da miedo la posibilidad de que se enoje; no sé, me imagino al público con un montón de hombres de pelo largo ondeado, con camperas de cuero, ya entrando en los 40. Rodrigo tiene un hermano que trabaja vendiendo boletos de colectivo en Once, una mamá docente y un papá cuyo oficio no recuerdo. Viven todos juntos en una casa en Parque Chacabuco. A Rodrigo le encanta su barrio y adora a sus amigos, con quienes rigurosamente come dos veces por semana y va a ver a Ferro. Rodrigo es abogado, fuma, tiene pelo negro y cuando sonríe, que es seguido, los ojos se le ponen como dos guiones. Cuando no tengo que estudiar y me da pereza volver hasta mi casa después de trabajar hasta que se haga la hora de ir a cursar, voy al cine por el centro. En el cine de Cerrito dan películas europeas contemporáneas y cine no tan comercial, "Ocho mujeres", "La boda", "El último beso". En el Cosmos, dan cine documental, algo de Cortázar, una catalana, "En construcción", elogiada urbi et orbi, aclamada por la crítica y mis bostezos. En el piso donde trabaja Rodrigo, da el sol todo el día; sus compañeras son tres mujeres lindas que lo quieren y lo cuidan (de mí). Rodrigo no usa mail, o lo usa muy poco, o lo usa menos que yo, que lo uso bastante. Para las fiestas de fin de año, solemos tener tres días libres y un medio asueto; es nochebuena, Rodrigo se conecta por primera vez al MSN; chateamos.
3 comentarios:
Seguramente, en aquel tiempo, convivimos por los pasillos y escaleras del profesorado. Nuestras vidas se parecían. Long time ago... Cuando te leo, siempre sonrío. Gracias. V.
El "narrador" y vos han pasado lindos tiempos juntos.
Definitivamente, muy lindos tiempos.
Le agradezco al "narrador".
V.
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