lunes, 8 de noviembre de 2010

las arcadas de mi infancia

El sábado fuimos al Delta, a la casa de Marina. Había poetas, editores y perros.
Algunos se encontraron en Retiro e hicieron todo el viaje juntos; yo, fiel a los imprevistos de último momento, fui sola: de mi casa a la estación de tren Lisandro de la Torre, de ahí a la estación fluvial de Tigre, de ahí en lancha colectiva hasta el Rama Negra. Como entre que salía la lancha y mi arribo a Tigre tenía media hora, decidí comer un sándwich de queso solo en un bar de ahí. ¡Error! Y nota fundamental: no ingerir alimentos antes de subir a un medio de transporte marítimo o acuatico en general, porque todos sabemos que un rio no es un mar por mas revuelto que este. Entre arcada y arcada recordaba las arcadas de mi infancia en los caminos de Ushuaia. Las tenía tan incorporadas que bastaba con pedirle a mi padre que parara el sheep para bajar al costado de la ruta a devolverle materia orgánica a la tierra que me vio nacer. Leímos poesía al atardecer, nos asustamos por el vuelo bajo de los murciélagos, tomamos con madurez el hecho de que los perros se hayan comido las prepizzas de la cena, conversamos, escuchamos a los 107 Faunos, dormimos, nos despertamos, etcétera.








2 comentarios:

tanto amor empalaga dijo...

herrrrmoooossssoooooo fin de semana!

Belén dijo...

volvamos y seamos millones.