miércoles, 15 de diciembre de 2010

Verano
Viajo a Córdoba después de más de 20 años, a la casa de un amigo al que no veo hace tiempo. El Champaquí me hace doler la cabeza; qué pesado, ahí arriba, mira todo y molesta. Subimos con Lucas, el perro fiel, que se pierde. Con los días, confirmaremos que no se perdió ni fue abducido por los objetos voladores de la zona ni fue tan fiel, sino que decidió volver al pueblo. Los arroyos están secos y hace mucho calor, no sé, 40 grados. La gente acampa al costado de los hilos de agua, los chicos ponen los pies ahí, toman bebidas de hierbas del pico; es una propaganda de Terma. En algunos lugares hay incendios, nos damos cuenta cuando se hace de noche y nos tiramos panza arriba en el pasto a ver cosas.
Nos hacemos amigos de un suizo y de una argentina que viven en la sierra durante el verano, sin luz, sin agua, sin gas, sin plata, sin, sin, sin, sin. Unas semanas antes, alojaron a unos evangelistas que les escondieron los Shivas, los Budas, los Ganeshas, y cambiaron los sahumerios por velas blancas; también cantaban consignas sobre Jesucristo y trabajaban la huerta. Bajamos al pueblo después de una semana, sudados y ralos. Fito Páez veranea en las afueras, hay fotógrafos escondidos entre las ramas. Me insolo en el camino de vuelta.
Viajo Montevideo a presentar un libro en la cartonera gurisa. La Cacciola de ida es el Titanic, hay sudestada y esperamos en medio del río, antes de llegar a Carmelo, más de una hora. No vomito, pero tengo ganas. En Montevideo, todo es genial: la playa, el Parque Rodó, las librerías, las llamadas, el carnaval. El Conejo me lleva a conocer la ciudad en moto. “No, gracias, no uso casco”. “Acá es obligatorio”. "Bueno”. En Tristán Narvaja compro un vestido a 20 pesos argentinos. Saco las fotos más lindas del año. La Cacciola de vuelta es el Titanic. La Cacciola es el Titanic siempre. Hay sudestada de nuevo. Cuando llego a Buenos Aires, ya no hay trenes. Tomo el 60 de punta a punta. Es la madrugada.

Otoño
Viajo a Bariloche a visitar a Laureana. La ciudad está vacía en esta época del año. Tomamos cervezas de colores por la tarde y volvemos a la cabaña cantando temas en ingles y dando saltitos. Mientras Laly está en la radio, salgo a caminar por mi Twin Peaks. Voy a la playa, leo, camino, leo, camino, camino, camino. Duermo siestas. Si te quedás más de cinco minutos parada en cualquier lugar, te rodean cuatro perros símil Caripela como mínimo. Quiero ser Nicole y llevarlos a vivir conmigo a mi dos ambientes de la ciudad con más polución ambiental del cono sur luego de San Pablo.
Viajo al paraíso hippie. Amo el paraíso hippie. Siempre está igual, siempre hay mejor clima que en Bariloche, que es ventoso pero, bueno, tiene el lago cerca. Camino, junto rosa mosqueta, le guiño un ojo al Piltri. Lili cocina verduras y chapati y en tres horas nos ponemos al día. Me tengo que ir, quería quedarme más. El paraíso hippie es como una incubadora, es como la panza de mi mamá. Tomo un helado de lavanda antes de subir al micro. Me quedo dormida.

Invierno
Se muere mi primo. Me regalan un gato que alguien no quiso más. Tomamos un diario.

Primavera
Viajo a Bahía Blanca, donde me tratan como a Cenicienta, pero no las hermanastras sino el príncipe. Duermo de un tirón en el viaje de ida y amanezco en el medio del campo. Duermo un poco en el viaje de vuelta, pero me despierto en medio de la pampa húmeda rodeada de extranjeros que vienen de Puerto Madryn, con bermudas cortadas a tijera y buzos de ballenas, zapatillas y soquetes blancos. Es temporada de avistaje, parecen salidos de un cuento de Hebe Uhart. Son rubios y no cazan una en la Shell de la ruta, por qué los hicieron bajar, qué tienen que hacer, será la terminal de Retiro, son preguntas que se hacen mientras una señora detrás del mostrador llena bandejas con tazas de café con leche y dos medialunas dulces por persona.
La editora que más quiero publica mi libro que más quiero. Vuelvo a entrenar. Voy a trabajar en bici. Se cumple el primer aniversario de las Bandas Eternas.