sábado, 27 de agosto de 2011

me acuerdo de la ropa que llevaba puesta en los momentos importantes: una falda de jean con una polera negra, chinitas de terciopelo negro y un collar con esferas de plástico de colores la noche que Spinetta tocó por primera vez en el teatro Colón; un pantalón a cuadritos y un tapado de paño gris la mañana de mi primer “trabajo serio”; el equipo de gimnasia del colegio la tarde que mi primer novio me dio un beso; unos zapatos negros de charol que tuve que tirar luego del entierro de mi primo; un vestido psicodélico comprado en una feria de San Telmo la última tarde que vi a mi abuelo internado en la terapia intensiva de un sanatorio de la ciudad; una falda finita con arabescos y una remera de tela de pañal de bebé ese diciembre de 2001 en Obras; un jean claro con una camisa blanca con volados y un saco de corderoy con arabescos en tonos de verde, que era de mi abuela, en el viaje de ida a Tel Aviv; un vestido azul y una flor rojísima en el pelo la tarde que entré por primera vez a una redacción; una pollera de Jerusalén con una remera de algodón amarilla cuando me recibí; el mismo jean azul oscuro y el mismo jogging térmico día por medio en el viaje iniciático por Europa; una pollera comprada en Plaza Francia la noche que lo conocí a G; una enagua gastada la mitad de mi relación con A; un chupín y una camisa rosa con tablas la primera vez que leí poemas delante de gente; un vestido con barcos una tarde en Tigre, unos aros en forma de rosa blanca en una misa familiar.



1 comentario:

Anónimo dijo...
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