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martes, 19 de abril de 2011

naranjas de ombligo

El ombligo de las naranjas
Luciana Ravazzani
Ed. Pánico el Pánico



No conozco a Luciana Ravazzani, o probablemente la haya conocido, es decir, visto por primera vez y saludado, algunos minutos antes de sentarme a leer estas palabras frente a ustedes, a quienes tampoco conozco. El ombligo de las naranjas es, entonces, para mí, como la foto de perfil en Facebook de una persona que nunca vi, pero con quien sé que tengo amigos en común. Le doy “aceptar” y empiezo a navegar por sus cosas, por sus pliegues.
En El ombligo de las naranjas, de Luciana Ravazzani, hay poemas domésticos, otros que alimentan las palabras, otros que hablan de privaciones y de habitaciones, hay, también, un bestiario de todos ellos.

Ella dijo: si no pudiera ser persona
me gustaría ser una excepción a la regla.

Él quería estar dentro de las excepciones
para gozar juntos del desconcierto.

La vida doméstica es la de ella y la de él, juntos; la vida son las formas –caprichosas, adorables, complicadas– que va tomando el amor.

No me canso nunca de vos ni de tus pantalones anchos,
no me cansa ninguno de los elementos que te rozan.

Entonces, a partir de esas circunstancias, la autora comienza a trazar una especie de mapa spinetteano del amor, una casa, que es su fortaleza:

Es improbable que él lea un mapa y no lo encuentre
volando entre los vientos pampeanos,
jugando a hundirse en masas frías o cálidas,
aleteando en la marea imprecisa de la niebla.

Leo El ombligo de las naranjas y en el instante inmediato posterior pienso en El ombligo de los limbos, de Artaud. Lo busco en la biblioteca, en el estante que mentalmente llamo “libros de mi juventud”, lo abro y leo: “Allí donde otros proponen obras, yo no pretendo otra cosa que mostrar mi espíritu. La vida es consumirse en preguntas. No concibo la obra como separada de la vida”. Lo cierro, vuelvo a las naranjas. Leo: campos, girasoles, perfume, oídos que se abren como orquídeas, conejas estrellas, repollos como hortensias deshilachadas, papas tuberculosas que crecen debajo de una alfombra, flores de metal en el jardín que se encienden después de una tarde de lluvia, perros de vapor perfumados. Y vuelvo a linkear: él, su él, el él de las naranjas, me recuerda al Mario de Marosa, con sus descripciones manieristas, con aires de infancia y frescura, con versos que se entregan, tranquilos, a la sorpresa. Con imágenes de ensueño también.
Voy por la página 18, leo en silencio, siento que quiero volver a enamorarme. “Amanezco con la confirmación del amor al verlo dormir”, dice, sí, definitivamente quiero enamorarme. “Querer importa un esfuerzo físico”, dice ahora. Asiento y pienso, claro, querer como una acción corporal, al igual que en las poetas hermosas, Silvia Plath o Pizarnik.
El ombligo de las naranjas es el centro de las cosas, la esencia, lo que busca la autora. La esencia, creo yo, está en su propia voz. El ombligo de las naranjas y no la sopa de tomate, ¿por qué darán siempre sopa de tomate?
Si el ombligo de las naranjas es la esencia, la sopa de tomate es, en palabras de la autora, las falsificaciones, los amores a los que llamaba antiguas estafas. Engañarse a sí misma sería como este poema:

Ahora vive en Lourmel.
Cuenta que toma fotografías,
visita museos,
aprende el idioma,
viaja en subterráneo.

Ahora vive en Lourmel.
No cuenta que cena solo en su cuarto,
que apaga la luz muy a menudo,
que le escribe siempre a ella.

No cuenta que nunca recibe respuesta.

En el amor, no hay que engañarse, no hace falta; lo que no puede ser, lo que no es, puede llevar a otras cosas, lleva necesariamente a otras cosas. El amor puede ser difícil, pero no es dark. El destino es un animal invertebrado:

A veces la palabra “no”
es esa puerta de entrada
a todo lo que no es.
Quisiera ver qué hay detrás
de la puerta de salida.


El ombligo de las naranjas es la obra, el amor, es la vida, todos en perfecta fusión.

No la conocía a Luciana Ravazzani, o probablemente la haya conocido, es decir, visto por primera vez y saludado, algunos minutos antes de sentarme a leer estas palabras frente a ustedes, a quienes tampoco conozco. No conocía a Luciana, pero la leí tanto que para mí ya la conozco, porque sus poemas, como en Artaud, no van separados de la vida.





Con Florencia Abadi, presentando el libro de Luciana en El Matienzo.