domingo, 15 de julio de 2012
jueves, 12 de julio de 2012
"al llegar a un pueblo desconocido, olfateaste una esquina y ¡sin preguntarle nada a nadie, supiste cómo llegar al hotel!
cuando te gusta la comida, movés la cola...
y si estás comiendo, no te gusta que te molesten
conociste a alguien y primero: le ladraste
después: te hiciste amigo y cuando lo ves de vuelta: ¡das vueltas a su alrededor ladrando sin parar!
si te llamo no venís, pero si me alejo me seguís...
te gusta la luna...
¡eres como un perro!".
inés acevedo en su blog
cuando te gusta la comida, movés la cola...
y si estás comiendo, no te gusta que te molesten
conociste a alguien y primero: le ladraste
después: te hiciste amigo y cuando lo ves de vuelta: ¡das vueltas a su alrededor ladrando sin parar!
si te llamo no venís, pero si me alejo me seguís...
te gusta la luna...
¡eres como un perro!".
inés acevedo en su blog
domingo, 8 de julio de 2012
Veintisiete años, ninguna idea de lo quería de esta vida –más allá de escribir–, y un trabajo que me estaba volviendo loco. Y como entonces lo único malo que me pasaba era la fábrica, renuncié y me concedí una semana para pensar lo que iba a hacer. Esa semana pasó a ser un mes y cuando quise arrancar ya había agotado la reserva de voluntad que me quedaba. Era el año 2004. Adriana, mi mujer, hacía unos meses se había mudado al departamento que por esa época yo le alquilaba a mi abuela. Y aunque su mudanza casi fue simultánea con mi crisis, me bancó. Apoyó mi renuncia, pero con el paso del tiempo se empezó a molestar por mi falta de reacción . “Ahí dejé los clasificados”. Todos los días me compraba el diario antes de ir al trabajo.
Una mañana, quizá porque me encontraba en la plenitud de miespíritu emprendedor , llamó alguien para ofrecerme trabajo. Por una seguidilla de cruces entre conocidos, un flaco de Villa Urquiza, amigo ocasional de una de mis hermanas, me contactó. Se acababa de asociar con un empresario textil para el que yo, varios años atrás, había trabajado. Como se enteró de que andaba sin trabajo y juntando deudas, es decir: en tren de aceptar cualquier cosa, me llamó. Le manifesté mi sorpresa así: “qué sorpresa”, sin signos de exclamación. Habló un rato. Lo escuché. Y me ofreció un puesto de encimador en la textil que acababa de abrir con mi antiguo dueño. Acepté, pero no por convencimiento, sino porque hablaba como si me estuviera salvando la vida, con dramatismo.
Sentí que correspondía manifestar gratitud… No quise quitarle la ilusión de que ayudaba a alguien. El encimador encima telas, una sobre otra, tela por tela, hasta que se forma un colchón de unos veinte centímetros, que más tarde el cortador destruye. Me volvió a entrevistar mi antiguo dueño y me dijo que quería formar un plantel de élite : “y yo sé cómo trabajás vos”. Gracias.
Había renunciado al trabajo anterior para escribir. Quería ser escritor, como dije, aunque casi no escribía, o sí escribía, pero no con la constancia que yo creía digna de un escritor . Quería empezar los libros que todavía no podía escribir. Soñaba con encontrar un lector al que le pasara lo que a mí con los libros de los otros.
Y si me pienso en relación con la lectura, aparece mi casa de la infancia. Una cuadra interminable de Ituzaingó. No había libros en esa casa, y es por eso que no se me borró el modo en que llegó el primero. Mamá me contó, no hace tanto, que se lo había comprado a un vendedor ambulante . Luego se me mezcla el hecho con su relato… Y “recuerdo”, entonces, “el día en que mamá compró ese libro”. El Martín Fierro .
Llegó, se metió y cambió la casa. Pasó a ser, por obra del vendedor, casa de un solo libro. Yo pedía permiso y pasaba las hojas de ese artefacto , que bajaba del estante superior de un mueble. Pesaba mucho el objeto. Lo cerraba y el golpe seco de las tapas de madera me daba pena. Más tarde, comprobé que en ese libro había una historia y que esa historia había sido escrita por alguien. Ese detalle, que alguien hubiera escrito el Martín Fierro , me impactó y me quitó el sueño de un montón de noches. Ahora se me ocurre que descubrir que los libros son escritos por alguien tiene que ser un momento determinante en la vida de un escritor. Y pasaron los años y los libros. Nunca armé una biblioteca, pero necesité escribir para que otros se enteraran de que alguien escribe los libros.
Mamá por la mañana tomando mate, en la cocina, y yo sentado a la misma mesa con un cuaderno abierto y algunas palabras escritas, como si estuviera a punto de resolver un enigma.
Decía, entonces, que ya había trabajado para el dueño de esta fábrica varios años atrás. Un año entero había estado encerrado en un galpón que tenía en Villa Pueyrredón, sobre la avenida Constituyentes. Era muy chico, menor de edad, y trabajaba en negro. Por eso cada vez que había inspecciones, aparecía Maltés (así se llama) y pedía que me acostara en un rincón del taller –y yo le hacía caso– y les ordenaba a mis compañeros que me cubrieran de telas. “Por favor, tratá de no moverte”, lo escuchaba desde abajo de las telas… y se iba arrastrando los zapatos.
En la entrevista que me hacía ahora, algo había cambiado. Yo ya había aprendido a no creérmelo todo; lo escuchaba sin entusiasmo. “Son nueve horas”. Nueve horas, asentí. “Arrancás en corte, encimando, pero después te quiero en un puesto de vanguardia ”. Trabajé todo ese día sin desentrañar lo que me había querido decir con “puesto de vanguardia”.
Por entonces había empezado a escribir una novelita rusa, una historia que imaginaba breve pero enredada en relaciones imposibles, de mundos disgregados en escalafones que no se tocan, y con un personaje que se hundía a cada paso, calcado de El capote de Gogol, una copia de Akaki Akakievich el copista, ese entrañable funcionario de la más baja escala que dibuja letra por letra las palabras. Las noches heladas de San Petersburgo. Un capote nuevo que no puede costear. Y después, el fantasma de Akaki. Un bello relato, novela corta, que se lee de un tirón y con angustia.
Pensaba en la palabra “vanguardia” pronunciada por el señor Maltés. El personaje de mi novelita era un tipo feliz de su trabajo, pero no logré hacerlo andar lo suficiente, porque sencillamente no era el momento de escribir ese relato. Trabajaba de las nueve hasta las seis de la tarde, una jornada laboral de lo más corriente. Llegaba a mi casa y entre que me bañaba y preparaba la comida y cenaba con mi mujer, me ponía a escribir a eso de las once de la noche, como muy temprano. Otra vez me arrinconaba la fábrica y volví a tener miedo de volverme loco . Entonces, tuve que elegir entre el trabajo y la escritura… y por supuesto me quedé con el trabajo.
Pero en el trabajo terminaba despojado; llegaba a mi casa sin ganas de comer, sin ganas de hablar, absolutamente inanimado. Preparaba la comida y comía con Adriana en silencio, y hasta me fastidiaba que me exigiera palabras . “Trabajé como un esclavo, otro día de mierda”. Me levantaba y ella, que sólo quería una cena en paz, se quedaba sola en la mesa… “¿Sabés qué?”. “No, no sé qué”. “Deberías renunciar. Porque, si escribís, sos menos insoportable ”. Entonces, por amor a mi mujer o en agradecimiento, intenté volver a escribir y no renunciar, pero no pude.
Me había paralizado la maldición de la sexta página. Abandonaba todos los textos en la página seis. La energía que necesitaba para pasar a la página siete me la chupaba la fábrica. “No sé qué pasa”, le decía a un querido amigo: “no puedo entrar a la séptima página”. No es cierto eso de que un escritor escribe a pesar todo, no creo que pueda ser cierto . En mi caso los trabajos determinan si puedo o no dedicarme a escribir pelotudeces. Entonces, como este trabajo me determinaba el no, al final le hice caso a Adriana. Dejé de encimar, bajé por unas escaleras de hormigón y pedí permiso para salir a comprar un sánguche. Y no volví a pisar la fábrica.
Entre trabajo y trabajo –se fueron sucediendo varios– o en los intervalos entre una alienación y otra, pude escribir. Gracias al premio “Indio Rico” (cuyo dictamen firmaron Edgardo Cozarinsky, María Moreno y Ricardo Piglia) y a Editorial Mansalva, publiqué una novela en clave autobiográfica y, también, di, de golpe, con un montón de lectores.
Salió el libro y me vi envuelto, aunque ausente, en diversas polémicas. Participé de entrevistas incluso, y fue muy raro, porque me tuve que obligar a tomar en serio.
Iba de acá hacia allá como pidiendo perdón . Pero, por supuesto, seguí trabajando de lo que trabajaba, ya que publicar un libro, por otro lado, no te alcanza ni para vivir un mes. Además, y aunque esto no venga a cuento de la publicación de ningún libro, soy incapaz, como debe sucederle a casi la totalidad de los mortales, de vincular el placer con la obligación, y trabajar, para mí, es dar mucho para recibir poco. Aunque le ponga toda la garra del mundo, no lo puedo ver de otra manera.
Este año viajé a España a presentar el libro que ganó aquel premio. Los editores que lo publicaron, los amigos segovianos de La Uña Rota , diseñaron una gira con humor felisbertiano. “Gira en la pausa”, la llamaron, en alusión al título del libro, En la pausa . En cuanto a mí, usé las doce horas de vuelo para buscarle la vuelta al malentendido. Si me lo preguntaban, decía “viajo por trabajo”, pero no me creía en absoluto esa afirmación. Trabajar es poner el cuerpo donde el cuerpo no quiere estar, es algo material. Mi espíritu no participa del trabajo.
En aquella gira por tierras españolas, me acordé del Maltés y de otros jefes y compañeros. En especial de un compañero por el que sentí –y siento– un cariño particular. Se ponía de mal humor cada vez que le hablaba, porque sí, de literatura. Me decía, motivado por el alcohol, que mis opiniones eran una falta de respeto a la cultura .
Poco después de mi alejamiento de la tercera fábrica textil, conseguí trabajo en un estudio jurídico que también se encargaba de llevar la procuración de otros estudios. Si bien el sueldo era más que magro, el trabajo se presentaba ideal para escribir . Pero, como suele pasar con los espejismos, si te acercás más de lo permitido, desaparecen. La secretaria del doctor, un ser oscuro y manipulador. Una señorita déspota. Me odiaba. Y su odio tenía que ver, imagino, con que yo había sido elegido entre un centenar de postulantes… y ella, que estaba pendiente hasta del detalle más pequeño de su mundo oficina , se daba cuenta de que nada especial había en mí. No se equivocó, y a poco de estar allí me echaron. Esa tarde caminé por el centro, mucho, y compré una pila de libros.
Ahora me gusta pensar que esa tensión me agrada. Siempre tuve miedo, como conté unos párrafos atrás, de que los trabajos me alejaran de la escritura , pero en rigor eso nunca pasó. De una u otra manera, con intermitencias o no, siempre seguí escribiendo y si no me alejaba del trabajo. Es como si lograra moverme a tiempo del lugar que paraliza.
Hoy hace unos cuantos años que conservo el mismo empleo: soy una suerte de Akaki, archivo papeles y cierro ventanas en una oficina pública, pero no dudo de que voy a dar el salto a tiempo. Fuiayudante de fletero , obrero textil, operario de una fábrica de perchas, vendedor de artesanías aborígenes en un shopping –donde fui acosado por unos chicos hippies, a quienes bauticé “mis enemigos”–, empleado público, profesor de literatura en secundarios, pésimo coordinador de talleres literarios, cadete, vendedor de ropa, y un par de etcéteras más, pero, como dije, nunca dejé de escribir. Doy el salto a tiempo… No sé, por otro lado, qué me pasaría si viviera de escribir. Imagino, claro, que me la pasaría escribiendo, pero vaya uno a saberlo. En fin, y me doy cuenta de que esto puede sonar a exageración, pero no me incomoda mantener la pose contradictoria: escritor no es una profesión, sino la ruptura de los condicionamientos para llegar a serlo.
Ya estoy más grande y tengo menos fuerza que antes, pero seguiré trabajando de cualquier cosa, y también seguiré escribiendo libros. Esa es, supongo, mi novelita rusa . No poder escribir en el trabajo, no poder escribir en mi casa, tampoco los sábados, menos los domingos, no poder escribir nunca y, sin embargo, amanecer escribiendo. La cabeza alucinada por una idea. Encontrar un cuaderno olvidado. Necesito levantarme y enfrentar mi trabajo, necesito un trabajo que me haga escribir.
Diego Meret ayer en Clarín
No le tengas miedo a las tormentas
los truenos
son espectaculares
tienen que ver con el cine.
Si tenés miedo, vení a mi cama
nos tapamos con dos frazadas.
Los relámpagos: el flash de una cámara
que le saca una foto a la ciudad.
Los balcones se iluminan por un segundo
y se apagan
como cuando es Navidad.
Las tormentas son buenas:
un preámbulo o una conclusión
que tranquiliza porque llegó.
Marina Mariasch
los truenos
son espectaculares
tienen que ver con el cine.
Si tenés miedo, vení a mi cama
nos tapamos con dos frazadas.
Los relámpagos: el flash de una cámara
que le saca una foto a la ciudad.
Los balcones se iluminan por un segundo
y se apagan
como cuando es Navidad.
Las tormentas son buenas:
un preámbulo o una conclusión
que tranquiliza porque llegó.
Marina Mariasch
viernes, 6 de julio de 2012
sábado, 30 de junio de 2012
Tigre o Vietnam
El verano es música para animales
me despierto vestida de nadadora
y corro hacia el río
Todos duermen en poses indígenas
con brazos y rodillas lastimados
Yo tengo el pelo de barro, la mirada china
y el pulmón en un vaso de agua
El calor es mi amnesia predilecta:
Yo remadora, yo jugadora de póquer,
yo con un hacha y una máquina de hacer postales.
Al mediodía los aviones cortan el cielo en diagonal:
todos comen partes de vaca
y se besan a la sombra.
El pasto es la explanada de los perros
que retozan de la natación con los hocicos quemados
Yo tengo un libro y un tocado de toalla
para recitarles a las lanchas saltarinas
Con el sol rojo tarde, la casa es nuestra Vietnam:
todos oyen música en inglés y portan sus aerosoles
como soldados movidos por la fiebre
Yo dejo que los insectos me perforen
con sus verguitas afiladas por el sol
No hay ruido de televisores a la noche.
Lola Arias
me despierto vestida de nadadora
y corro hacia el río
Todos duermen en poses indígenas
con brazos y rodillas lastimados
Yo tengo el pelo de barro, la mirada china
y el pulmón en un vaso de agua
El calor es mi amnesia predilecta:
Yo remadora, yo jugadora de póquer,
yo con un hacha y una máquina de hacer postales.
Al mediodía los aviones cortan el cielo en diagonal:
todos comen partes de vaca
y se besan a la sombra.
El pasto es la explanada de los perros
que retozan de la natación con los hocicos quemados
Yo tengo un libro y un tocado de toalla
para recitarles a las lanchas saltarinas
Con el sol rojo tarde, la casa es nuestra Vietnam:
todos oyen música en inglés y portan sus aerosoles
como soldados movidos por la fiebre
Yo dejo que los insectos me perforen
con sus verguitas afiladas por el sol
No hay ruido de televisores a la noche.
Lola Arias
domingo, 24 de junio de 2012
«Escóndeme antes de que mire el mundo», pide Luis Alberto Spinetta en El lenguaje del cielo, del disco Para los árboles. Parece imposible no hacer andar esa música, esas manos que componen la mímica del árbol de la portada de Todos los bosques, al abrir el libro. Y es que Belén Iannuzzi (Buenos Aires, 1979) no deja de advertirnos que la banda sonora de su libro (de su poesía, de su vida) es esa: la de la enorme arboleda encantada del poeta y músico argentino. Las referencias a la obra de Spinetta operan como uno de los caminos posibles de entrada a este pequeño y frondoso poemario, publicado por Editorial Pánico el Pánico.
Pero hay todavía mucho más que un homenaje en Todos los bosques. Hay una cazadora oculta, subida al árbol, esperando por la revelación de la imagen junto a los pájaros. Una viajera que sabe que el movimiento es condición de supervivencia. La poeta emprende su excursión, maravillosamente melancólica, hacia todos los bosques que fue antes de ser este.
seguir leyendo...
Valeria Tentoni para Letras.s5, de Chile
Pero hay todavía mucho más que un homenaje en Todos los bosques. Hay una cazadora oculta, subida al árbol, esperando por la revelación de la imagen junto a los pájaros. Una viajera que sabe que el movimiento es condición de supervivencia. La poeta emprende su excursión, maravillosamente melancólica, hacia todos los bosques que fue antes de ser este.
seguir leyendo...
Valeria Tentoni para Letras.s5, de Chile
domingo, 17 de junio de 2012
jueves, 14 de junio de 2012
tan poco
todo el oro y la plata
pueden medir mi amor por vos
es tan material
tan poco me diste
tan poco tenés que decir
te llevaste un tiempo hermoso
ojalá pudiera volver a encontrarte
qué puedo conseguir con estar a tu lado
tan poco puedo mostrar
yo la canilla vos el desagüe
tan poco aprendí de eso
te di un reloj de pulsera vos
no querías ni darme la hora
me diste un recuerdo un recuerdo
es lo que sos para mí
el tiempo que pasa no tengo tiempo
de mirar atrás y lo sabés
pero tengo que hacerlo porque estás ahí
y yo estoy acá tan azul
y dorada y plateada
pero tengo que hacerlo y lo hago
me río hasta que me enfermo
hasta que vomito hasta que escupo
hasta que meo hasta que cago
hasta que tiro todo
lo que tengo que es
tan poco sos para mí
tan poco sos
no pienso mucho en vos
tengo poco que decirte pero
me gustaría encontrarte y darte
tan poco de mí
todo el oro y la plata.
patti smith
"Emoción no es intensidad. El surfista sigue la intensidad de
la ola. No barrena olas, sigue su intensidad. El poeta busca surfear la
intensidad del lenguaje. El lenguaje de los significados no es su materia. Por
eso en el fondo uno nunca termina de entender el poema, el poema es
imprecisable. Porque el poema es el médium por donde se transmite la
intensidad. El skater, el poeta y el surfista siguen la misma intensidad. Porque ella es un número y el número no es materia diferenciable. Es secuencia".
Fernanda Laguna en “Intensidad potenciada al número máximo”,
Ramona Nº101
domingo, 10 de junio de 2012
sábado, 2 de junio de 2012
"Los poetas nunca sabemos lo que escribimos... y acá estoy tratando de escribir bien, pero nunca me va a salir, y aparte querida fe, si aparecés convertida en algo no creo que lo hagas convertida en poema".
Cecilia Pavón en su blog Once Sur
Cecilia Pavón en su blog Once Sur
Pájaro Jaguar
Esta mañana ha vuelto el Pájaro Jaguar
de la silvestre noche,
del tumultuoso vientre ensangrentado
en el altar del sacrificio
bajo un puñal de luz;
hincó sus dientes en la carne
del dios de la palabra,
rugió y voló por la montaña del sudor
y del poder hizo jirones; de la graciosa muerta
que veneraba a los demonios hizo trizas,
a picotazos, zarpazos, dentelladas,
y puso un huevo de cuarzo, muy pequeño,
del que nacieron el amor, la libertad
y la esperanza.
Julio Llinás
de la silvestre noche,
del tumultuoso vientre ensangrentado
en el altar del sacrificio
bajo un puñal de luz;
hincó sus dientes en la carne
del dios de la palabra,
rugió y voló por la montaña del sudor
y del poder hizo jirones; de la graciosa muerta
que veneraba a los demonios hizo trizas,
a picotazos, zarpazos, dentelladas,
y puso un huevo de cuarzo, muy pequeño,
del que nacieron el amor, la libertad
y la esperanza.
Julio Llinás
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