Cada 200 kilómetros o más, papá para en la estación de servicio de la ciudad, pueblo o localidad a la que llegamos y carga nafta. Nosotros bajamos del auto, estiramos las piernas, caminamos un poco por las piedritas y vamos al baño. Papá dice que nosotras, las mujeres de casa, siempre tenemos ganas de ir al baño. Y que si no aguantamos puede parar el auto en la banquina donde, nos ofrece, “kilómetros y kilómetros de baño”, dice, y señala con un brazo a un lado y otro los campos que se aplastan a 180 grados. Y nosotras explotamos de risa.
Por lo general, en las estaciones de servicio donde paramos hay recreos, con mesas y bancos de piedra bajo los árboles fresquitos; también algunos juegos de plaza, camping y parrillas. Nosotros almorzamos o tomamos la merienda en el recreo, pero antes de que haya pasado una hora, papá dice que todavía falta bastante, que mejor volvamos a la ruta, así llegamos a Piedra del Aguila antes de que se haga de noche. Entonces mamá levanta la mesa, lava los vasos, sacude el mantel y nos ofrece “hacer el último pis” antes de llegar al sur. Nosotras aceptamos y nos volvemos equilibristas sobre juegos de baño de paso que nos dan, por supuesto, un poco de asco. Y también curiosidad: ¿qué será Café Daqui?, ¿Fiorella lo seguirá amando a Juan?. Y esos chicos grandes, de la secundaria, que con tinta negra sellaron su amistad “para siempre” en la puerta de este baño de provincia donde, en vano, intento mi último pis prepatagónico, ¿seguirán siendo amigos ahora que a los 80 les quedan pocos años para terminarse?
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