Es el 1 de enero de 1988. Mamá no durmió en toda la noche porque se quedó armando las valijas para el viaje. Papá durmió unas pocas horas, dice, porque tiene que manejar todo el día y para eso necesita estar descansado. Yo no hice valijas ni debo manejar, tampoco sé manejar, pero no dormí. Estuve toda la noche pensando cómo será Bariloche, si será tan lindo como mamá y papá dicen, aunque desde su luna de miel ellos no hayan vuelto. Mamá cuenta que se hospedaron en el hotel Vuriloche, así, con u y v corta, que era del sindicato de docentes universitarios; mamá daba clases en la facultad de sociología. Papá dice que la hostería donde vamos a hospedarnos nosotros ahora queda muy cerca de ese hotel, cree que hasta enfrente, pero sobre el lago, y que es de unos alemanes que fueron pioneros. Le cuento a mi hermana lo de los alemanes y ella me pregunta qué quiere decir “pioneros”. Yo invento una definición que suene si no lógica al menos interesante. Cuando termino mi definición inventada, me doy cuenta de que mi hermana se quedó completamente dormida, abrazada a un muñeco de peluche que es un perro y se llama Jacinto. Apago la lucecita amarilla que usamos cuando nos da miedo que el cuarto esté tan oscuro y repaso mentalmente las cosas que llevo en mi mochila rosa: tres tomos de “Mafalda”, “Mujercitas” y “Señoritas”, de la colección Robin Hood, un cuaderno para escribir y dibujar, y mi cartuchera de dos pisos llena de lápices de colores. A la mañana quiero pedirle a mamá que me deje saludar a los abuelos una vez más por teléfono, aunque será muy temprano y va a decirme que los llamamos desde algún teléfono público de la ruta.
3 comentarios:
qué lindo.
Vuriloche me mató!
Si, pero qué lindooo. Yo quiero una cartuchera llena de lápices de colores ¡y que no se pierdan!
A mí me mato Jacinto.
Un beso bella Belén.
ja! gracias.
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