domingo, 10 de julio de 2011

“Mi paso en la nieve es el de un astronauta en la luna: cauteloso, pesado, excitante. Así fue también mi paso en el amor. Los copos llegan a la cima de su belleza en conjunto, como los botones y las cintas en las mercerías, las frutas en la frutería, las especias en los barriles, los esmaltes de uñas en la perfumería, las hebillas en los negocios de bijou, las flores en las esquinas. Paracaidistas acrobáticos, los copos se balancean en al aire, en coreografías ornamentales, buscan su San Valentín, con quién aparearse, procrear, cambiar de estado.

Los solitarios cruzan la calle apurados, caminan mirando para abajo, intentando cubrirse de la lluvia de corazones como de una lluvia de sapos. Una peste cae sobre ellos, los que no comparten frazadas y esperan que éste sea el año en el que todo cambie hacen apuestas y promesas y se meten en la oscuridad de un cine para ponerle una curita a su corazón partido. A la salida casi ni se miran, pero se miran y reconocen la falta como se reconoce a un antiguo compañero de colegio. No se saludan ni se dirigen a un bar ni la palabra: partes raudos, como bajo la peor de las tormentas: tormenta roja, tormenta blanca. Buscan el refugio de la televisión, de los alimentos calientes: sopa de pollo para los corazones solitarios. Los otros festejan el fin de la incertidumbre, de las charlas sobre cine, de los planes nocturnos, y brindan por la bienvenida de la mesa familiar, la taquicardia nocturna, la corrida de la mañana”.


De El matrimonio, Marina Mariasch

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