xix.-
desde lo alto
de la colina
miramos los barcos
donde se secan
redes azules.
son lindos esos pinos,
esos juncos tristes,
esas aguas grises.
llueve.
viernes, 23 de mayo de 2008
poema VIII, Catulo
Miser Catulle, desinas ineptire,
et quod vides perisse perditum ducas.
Fulsere quondam candidi tibi soles,
cum ventitabas quo puella ducebat
amata nobis quantum amabitur nulla.
Ibi illa multa tum iocosa fiebant,
quae tu volebas nec puella nolebat
Fulsere vere canditi tibi soles.
Nunc iam illa non vult: tu quoque, impotens, noli,
nec quae fugit sectare, nec miser vive,
sed obstinata mente perfer, obdura.
Vale, puella. Iam Catullus obdurat,
nec te requiret nec rogabit invitam:
At tu dolebis, cum rogaberis nulla.
Scelesta, vae te, quae tibi manet vita?
Quis nunc te adibit? Cui videberis bella?
Quem nunc amabis? Cuius esse diceris?
Quem basiabis? Cui Iabella mordebis?
At tu, Catulle, destinatus obdura.
et quod vides perisse perditum ducas.
Fulsere quondam candidi tibi soles,
cum ventitabas quo puella ducebat
amata nobis quantum amabitur nulla.
Ibi illa multa tum iocosa fiebant,
quae tu volebas nec puella nolebat
Fulsere vere canditi tibi soles.
Nunc iam illa non vult: tu quoque, impotens, noli,
nec quae fugit sectare, nec miser vive,
sed obstinata mente perfer, obdura.
Vale, puella. Iam Catullus obdurat,
nec te requiret nec rogabit invitam:
At tu dolebis, cum rogaberis nulla.
Scelesta, vae te, quae tibi manet vita?
Quis nunc te adibit? Cui videberis bella?
Quem nunc amabis? Cuius esse diceris?
Quem basiabis? Cui Iabella mordebis?
At tu, Catulle, destinatus obdura.
jueves, 22 de mayo de 2008
miranda
... donde un viejo sabio se puede enamorar de una hermosa vieja que está muy enferma, y una taxista de remeras a rayas y jean es muy capaz de rezar por un pececito anaranjado que va inexorablemente al muere en una bolsa de polietileno sobre el techo de un coche.
miércoles, 21 de mayo de 2008
En el camino
Comenzaba la década del sesenta en los Estados Unidos y con ella se consolidaba la denominada generación beat, de la que formaban parte los escritores Allen Ginsberg, William Burroughs, Neal Cassady y Jack Keoruac, entre otros.
El nombre de este movimiento se encontraba relacionado con las palabras “beatífico” y “beatitud”. En efecto, el movimiento beat estaba emparentado con prácticas de meditación tomadas del budismo zen que conllevarían a una liberación espiritual y con ella a una liberación sexual, con la experimentación con diversos tipos de drogas como forma de conocimiento, con el jazz, la música negra y el hilbilly como referentes y fuentes de escritura y con la idea de una vida bohemia desarrollada cerca de la naturaleza y sin ataduras materiales. Todo esto en miras de alcanzar aquello de “sagrado” que su nombre presagiaba.
Es así que En el camino (1957) se convirtió rápidamente en biblia y manifiesto de aquellos jóvenes norteamericanos que querían huir de las pautas establecidas por la sociedad capitalista. Y, con el tiempo, fue considerada una novela de culto y de iniciación y, paradójicamente, también un clásico de la literatura norteamericana.
Kerouac toma prestado del jazz, más precisamente del bop de Charlie Parker y de Gillespie, el ritmo y lo reescribe en términos literarios. En el camino, colmada de historias dentro de historias y de personajes que nos presentan a otros personajes y así hasta perder el hilo de conexión entre ellos, pareciera ser una jam session donde la improvisación da lugar al inconciente, tornándolo palabra.
En la novela se cuentan los viajes de Dean Moriarty, paradigma de la generación beat: antihéroe, pordiosero, loco, el “idiota sagrado”, y de Sal Paradise, amigo de Dean y narrador. Nueva York, Nueva Orleáns, México, San Francisco, Chicago y de regreso a Nueva York, con alcohol, orgías, marihuana, angustia, soledad y preguntas existenciales que no encuentran respuestas. La obra muestra el paisaje de una Norteamérica desolada de posguerra, que da lugar a expresiones culturales subterráneas y ajenas a la sociedad de masas.
Dice Sal: “Yo era un joven escritor y quería viajar. Sabía que durante el camino habría chicas, visiones, de todo”. El viaje era una manera épica de tomar aire de la jungla urbana y así conocer a otras personas con otras realidades. No importaba adónde iban, ellos simplemente iban. Salían a la ruta para tener que realizar la acción de preguntarse cuál era su casa y, una vez que se lo hubieran respondido, volver a ella. Salían para encontrarse con ellos mismos en noches de santo frenesí. La carretera era la vida y se abría camino en el interior de Dean y Sal y de todo aquel que lo quisiera.
En el camino, una metáfora del viaje que debe emprender el hombre en la vida. Como también lo hará luego David Lynch en el cine de una manera preciosista y no menos idílica con Una historia sencilla.
miércoles, 14 de mayo de 2008
martes, 13 de mayo de 2008
camisón of milk
- hola, quiero ver camisones...
-¿de satén o de algodón?
-¿de satén o de algodón?
-de algodoooooón...
-tenés así, viene en rosa, en crudo, en celeste, blanco...
-¿querés manga larga o manga corta?
-manga laaaarga…
-tenés estos que vienen con encaje…
-tenés estos que vienen con encaje…
-ah, y éste, qué lindo…
-pero ése es un camisón para nenas…
-uh… es que yo quiero uno como el de la escena de la tormenta en la novicia rebelde
lunes, 12 de mayo de 2008
domingo, 11 de mayo de 2008
viernes, 9 de mayo de 2008
carver
Debajo de la puerta de mi departamento habían dejado un papel del correo. Decía que debía presentarse en la oficina de Colegiales con mi dni entre las 10 y las 18 del día siguiente, y remarcaba en mayúsculas: HOY NO. El papel me inquietó, en 29 años jamás había recibido un telegrama. Dormí intranquila, pensando de qué podía tratarse: ¿estarían por despedirme de mi empleo?, ¿la dueña del departamento en el que vivía hacía cuatro años y del que pagaba puntualmente la renta mensual querría que lo dejara?
Llegué temprano a la agencia de la calle Federico Lacroze. Tomé un número: el 34. El tablero automático marcaba el 27 en colorado. Me senté al lado de un señor con boina que tenía el 33. Me acerqué al mostrador y un empleado en mangas de camisa escribió: Rosetti 623. Y el tablero indicó el 35.
Salí un poco confundida y tomé un taxi. A las once tenía una cita en el centro. “A Rosetti al 600”, le dije. El conductor tomó una guía y en diez minutos llegamos a la dirección. Golpeé varias veces sin éxito la puerta de lata verde y entré en un galpón hacinado de cartas atadas con hilo de plástico, cajas de cartón y paquetes. Tres hombres realizaban una coreografía cotidiana: se vestían con chalecos y camperas del correo y cruzaban carteras de sus hombros. “Hola –dije–, una consulta...”. Ninguno contestó, continuaron con su danza y salieron del galpón. Un hombre de unos cuarenta años ataviado completamente de blanco me tendió la mano y tomó el papel. Se fue por unos minutos y se dispuso a revolver estantes de manera frenética. Luego me entregó un sobre. El telegrama decía: “Se ofrecen horas cátedra, turno mañana, de lengua y literatura en el colegio nacional”.
Salí más perdida aun. Caminé un par de cuadras buscando una tienda de estación de servicio donde comprar cigarrillos, pañuelos de papel y otros víveres; debía conseguir cambio. No encontré estaciones de servicio, entré en un local y pregunté cuánto salen los cubos rubik, diez pesos, llevo uno.
Esperé en la esquina de una calle que no conocía en un barrio que no conocía un taxi. No pasaban autos. Un actor de telenovelas que esperaba un taxi en la esquina de enfrente cruzó y me dijo “Está complicado, ¿no?”. Llegué quince minutos tarde a la cita.
Llegué temprano a la agencia de la calle Federico Lacroze. Tomé un número: el 34. El tablero automático marcaba el 27 en colorado. Me senté al lado de un señor con boina que tenía el 33. Me acerqué al mostrador y un empleado en mangas de camisa escribió: Rosetti 623. Y el tablero indicó el 35.
Salí un poco confundida y tomé un taxi. A las once tenía una cita en el centro. “A Rosetti al 600”, le dije. El conductor tomó una guía y en diez minutos llegamos a la dirección. Golpeé varias veces sin éxito la puerta de lata verde y entré en un galpón hacinado de cartas atadas con hilo de plástico, cajas de cartón y paquetes. Tres hombres realizaban una coreografía cotidiana: se vestían con chalecos y camperas del correo y cruzaban carteras de sus hombros. “Hola –dije–, una consulta...”. Ninguno contestó, continuaron con su danza y salieron del galpón. Un hombre de unos cuarenta años ataviado completamente de blanco me tendió la mano y tomó el papel. Se fue por unos minutos y se dispuso a revolver estantes de manera frenética. Luego me entregó un sobre. El telegrama decía: “Se ofrecen horas cátedra, turno mañana, de lengua y literatura en el colegio nacional”.
Salí más perdida aun. Caminé un par de cuadras buscando una tienda de estación de servicio donde comprar cigarrillos, pañuelos de papel y otros víveres; debía conseguir cambio. No encontré estaciones de servicio, entré en un local y pregunté cuánto salen los cubos rubik, diez pesos, llevo uno.
Esperé en la esquina de una calle que no conocía en un barrio que no conocía un taxi. No pasaban autos. Un actor de telenovelas que esperaba un taxi en la esquina de enfrente cruzó y me dijo “Está complicado, ¿no?”. Llegué quince minutos tarde a la cita.
martes, 6 de mayo de 2008
jueves, 1 de mayo de 2008
Suscribirse a:
Entradas (Atom)